Mayela salió del supermercado con una barra de chocolate en sus manos, demasiado grande para una sola persona. La abrió con cuidado, con la duda de saber si estaba permitido… o si estaba soñando. Se sentó en la vereda y se la comió sola, despacio.


No era hambre, era una pausa.

El primer momento en mucho tiempo en el que pudo bajar la guardia después de todo lo que había pasado para llegar hasta ahí.

Su historia empezó en la Isla de la Juventud, una isla cerca de La Habana, Cuba.

Vivía en un internado de domingo a viernes y compartía habitación con otras cincuenta chicas en un espacio donde entraban veinticinco literas, seis duchas y un par de inodoros.

Las rutinas eran claras.

Despertarse, hacer fila para bañarse o lavarse los dientes, ponerse el uniforme y chismear en el proceso.

Antes de desayunar, cantaban el himno.

Luego venían las clases o el campo: sembrar papas, cortar yerba, recoger boniatos o toronjas.

El menú era poco nutritivo: pan con leche en la mañana; arroz con frijoles y jamonada al mediodía —“de jamón, nada”, decían—.

Siempre quedaban con hambre.

A veces, con sus amigas, recolectaban sobras de los compañeros en una tarrina para comer después.

Los miércoles eran especiales.

Eran los días de visita de los padres.

Su madre llegaba con comida que Maye amarraba a sus pies antes de irse a dormir para que no se la robaran.

Igual se la robaban.

Los miércoles también se bailaba salsa cuando se iban los padres. Era la oportunidad de ponerse bonitas, usar perfume y bailar hasta las diez de la noche.

Al día siguiente había que volver a la rutina.

Un día, su padrastro llegó a casa con langostas que había conseguido en el mercado negro.

Comer langosta no era solo un lujo para ellos, era ilegal.

En cada barrio había alguien encargado de vigilarlo todo. Era el “jefe de barrio”.

Maye y su familia cerraron las puertas y ventanas de su casita de madera.

En medio de ese silencio tenso, Mayela probó la langosta por primera vez.

No sabía si estaba comiendo… o escondiéndose.

Ni bien acabaron de comer, guardaron los restos de la langosta dentro de varias capas de bolsas de plástico para evitar que se escapara cualquier olor mientras tiraban la basura muy lejos de su casa.

Afortunadamente, todo salió como lo planearon.

Salir de la isla se fue convirtiendo en su sueño.

Su padre ya lo había hecho antes.

Se fue a Estados Unidos por el mar, en tubos inflados, con la esperanza de que alguien lo encontrara antes que el océano.

Lo logró.

La policía lo encontró y lo llevaron un año a la cárcel de Guantánamo.

Con el tiempo salió y se estabilizó en Miami.

Un par de veces al mes, Maye iba a un cibercafé para escribirse con su padre con la idea de dejar la isla.

Su correo electrónico era de las pocas páginas que podía abrir en el cyber; el control público era muy intenso.

Su padre conocía a una señora experta en ayudar a personas a cumplir sueños. Como el de salir de la isla, por ejemplo.

El plan sonaba simple.

Comprar en Cuba una carta de invitación a Ecuador y pedir la visa para entrar.

El primer momento en mucho tiempo en el que pudo bajar la guardia después de todo lo que había pasado para llegar hasta ahí.

Su historia empezó en la Isla de la Juventud, una isla cerca de La Habana, Cuba.

Vivía en un internado de domingo a viernes y compartía habitación con otras cincuenta chicas en un espacio donde entraban veinticinco literas, seis duchas y un par de inodoros.

Las rutinas eran claras.

Despertarse, hacer fila para bañarse o lavarse los dientes, ponerse el uniforme y chismear en el proceso.

Antes de desayunar, cantaban el himno.

Luego venían las clases o el campo: sembrar papas, cortar yerba, recoger boniatos o toronjas.

El menú era poco nutritivo: pan con leche en la mañana; arroz con frijoles y jamonada al mediodía —“de jamón, nada”, decían—.

Siempre quedaban con hambre.

A veces, con sus amigas, recolectaban sobras de los compañeros en una tarrina para comer después.

Los miércoles eran especiales.

Eran los días de visita de los padres.

Su madre llegaba con comida que Maye amarraba a sus pies antes de irse a dormir para que no se la robaran.

Igual se la robaban.

Los miércoles también se bailaba salsa cuando se iban los padres. Era la oportunidad de ponerse bonitas, usar perfume y bailar hasta las diez de la noche.

Al día siguiente había que volver a la rutina.

Un día, su padrastro llegó a casa con langostas que había conseguido en el mercado negro.

Comer langosta no era solo un lujo para ellos, era ilegal.

En cada barrio había alguien encargado de vigilarlo todo. Era el “jefe de barrio”.

Maye y su familia cerraron las puertas y ventanas de su casita de madera.

Encendieron la estufa.

Pusieron las ollas y en ellas la langosta.

Nadie hablaba fuerte.

El olor no podía salir.

Si el jefe del barrio lo percibía, podían ir presos.

En medio de ese silencio tenso, Mayela probó la langosta por primera vez.

No sabía si estaba comiendo… o escondiéndose.

Ni bien acabaron de comer, guardaron los restos de la langosta dentro de varias capas de bolsas de plástico para evitar que se escapara cualquier olor mientras tiraban la basura muy lejos de su casa.

Afortunadamente, todo salió como lo planearon.

Salir de la isla se fue convirtiendo en su sueño.

Su padre ya lo había hecho antes.

Se fue a Estados Unidos por el mar, en tubos inflados, con la esperanza de que alguien lo encontrara antes que el océano.

Lo logró.

La policía lo encontró y lo llevaron un año a la cárcel de Guantánamo.

Con el tiempo salió y se estabilizó en Miami.

Un par de veces al mes, Maye iba a un cibercafé para escribirse con su padre con la idea de dejar la isla.

Su correo electrónico era de las pocas páginas que podía abrir en el cyber; el control público era muy intenso.

Su padre conocía a una señora experta en ayudar a personas a cumplir sueños. Como el de salir de la isla, por ejemplo.

El plan sonaba simple.

Comprar en Cuba una carta de invitación a Ecuador y pedir la visa para entrar.

Luego viajaría a Guatemala, donde recibiría su nueva identidad con la que cruzaría la frontera de México para finalmente llegar a Estados Unidos.

Lo intentó una vez.

Le negaron la visa.

Pero las influencias de esta mujer eran muy fuertes.

Lo intentó otra vez.

Y así, en febrero de 2024, llegó a Ecuador.

Su padre la esperaba para darle la bienvenida a la famosa libertad.

Primero buscaron a más cubanos para compartir sus vivencias y, al son de la salsa, conocieron a María Elsi, una ecuatoriana que se conmovió con la historia de Maye y que, además de rentarle una pieza, se convertiría más adelante en su madrina.

Mientras se preparaba para viajar a Guatemala, la siguiente parada, su padre arreglaba sus papeles falsos desde México.

Guatemala no la recibió como Ecuador.

La retuvieron en el aeropuerto por ser cubana.

La revisaron y quisieron devolverla a Cuba.

Logró entrar.

Pero algo ya no se sentía igual.

Mientras los días pasaban, se acercaba el momento de cruzar una de las fronteras más temidas por todos los migrantes del mundo: la frontera entre México y Estados Unidos.

Maye tenía mucho miedo por todas las historias que se escuchaban. Historias donde las mujeres con suerte salían vivas.

Le entregaron el pasaporte y, con él, su nueva identidad.

Oralia Rubalcaba Rodríguez.

Lo sostuvo en sus manos y por un momento no supo quién era.

No era Mayela, la cubana.

Pero tampoco era Oralia.

Esa misma noche llamó a su padre y le dijo que no iba a seguir, que se regresaba a Ecuador.

Él no lo entendió.

Después de todo lo que había hecho para sacarla de Cuba, prefería que volviera allá a “seguir dándose de golpes con su madre a que viva en un país que ni siquiera salía en el mapa”, decía él.

Pero la decisión ya estaba tomada.

Maye no iba a cruzar.

Ecuador la volvió a recibir con el mismo cariño de antes.

Ella volvió con miedo, pero también con una decisión clara: quedarse y hacer su vida en medio de las montañas de la capital.

Empezó de a poco, como empiezan siempre los grandes proyectos.

Buscó trabajo, se adaptó y conoció gente.

Entre intentos y cambios, fue armando una vida y, sin darse cuenta, empezó a sentirse distinta: más presente.

Rodearse de personas que le hicieron cuestionarse quién realmente es la ayudó a abrir los ojos y a no vivir en piloto automático.

Por eso sigue viviendo en las faldas del volcán Pichincha, entendiendo que incluso entre el miedo y la incertidumbre siempre existe la posibilidad de elegir.

Y que eso, a veces, lo cambia todo.

Hoy le ilusiona mucho la idea de sacar a su mamá de Cuba.

Su madre también sueña con eso.

Y con comer uvas, chocolates y un pollo entero.